La controversia en el uso de contenciones: ¿cuándo tienen sentido?
El uso de contenciones en pacientes dependientes es un tema delicado y a menudo controvertido en el ámbito sociosanitario. Más allá del debate general, lo importante es entender en qué situaciones concretas pueden tener sentido como herramienta para garantizar la seguridad del paciente y del cuidador, y cuándo es preferible recurrir a alternativas que fomenten la autonomía y el confort.
Está claro que cuando hablamos de contenciones no todas son iguales. Existen las verbales, que buscan tranquilizar o limitar la acción de una persona mediante el lenguaje; las farmacológicas, que utilizan medicación para modificar la conducta; y las físicas o mecánicas, que son las que generan mayor debate. En este último grupo encontramos desde cinturones, chalecos o manoplas, hasta barandillas, cojines de posicionamiento o sillones reclinables que dificultan la incorporación. En algunos casos, el mismo recurso puede ser visto como contención o como elemento de apoyo, dependiendo de la intención y del uso que se le dé.
Las contenciones físicas y mecánicas suelen aplicarse para garantizar la seguridad en situaciones concretas: un paciente que tiende a levantarse de la cama de noche con riesgo de caída, una persona con Alzheimer en un episodio de agitación, o un paciente que tras una cirugía debe mantener una postura determinada. En estos casos, el objetivo principal no es restringir por restringir, sino evitar un daño mayor y dar tiempo al cuidador a intervenir. Pueden tener beneficios claros cuando se aplican correctamente: reducen la probabilidad de caídas, evitan autolesiones o manipulaciones peligrosas de vías y sondas, ayudan a mantener una postura necesaria en procesos de recuperación y, en ocasiones, aportan estabilidad en usuarios con bajo tono muscular que de otro modo estarían expuestos a un riesgo constante.
En este contexto, no todas las contenciones físicas son percibidas de la misma manera por los usuarios, y su diseño y materiales tienen una incidencia con frecuencia significativa. Un cinturón abdominal puede utilizarse como apoyo postural en la silla para prevenir deslizamientos, mientras que un chaleco en cama puede ser necesario durante un postoperatorio para garantizar que el paciente no cambie de postura de manera brusca. En ambos casos, el tejido utilizado, el sistema de cierre y, sobre todo, la correcta colocación son aspectos fundamentales para minimizar riesgos y preservar la comodidad. Por ejemplo, cierres de clip o velcro pueden ser útiles en situaciones urgentes, mientras que los sistemas con llave imantada ofrecen mayor seguridad en usuarios con tendencia a manipular los dispositivos.
Usadas con criterio profesional, las contenciones físicas y mecánicas pueden ser una buena herramienta de apoyo en la práctica asistencial. Su aplicación debe estar justificada, supervisada y acompañada de un seguimiento cercano que valore su necesidad en cada momento. Así, más que un recurso permanente, se convierten en una medida puntual destinada a proteger la integridad del paciente y facilitar la labor del cuidador.
A estas opciones más clásicas, en los últimos años se han añadido las llamadas contenciones mecánicas indirectas. Describiríamos su objetivo como maximizar una aproximación lo más respetuosa posible con el paciente . Son recursos que limitan parcialmente el movimiento, pero que se perciben como menos invasivos y mejor aceptados por los usuarios. Ejemplos son las camas de cota 0, que reducen el riesgo de caída al situarse a ras de suelo; las medias barandillas, que pueden servir tanto de apoyo como de protección; o los cojines de posicionamiento, que proporcionan estabilidad a la vez que confort. También son cada vez más comunes los sistemas de alarma y detección de movimientos, como sensores de cama o alfombrillas de presión, que permiten avisar al personal antes de que se produzca una caída.
En sillas y butacas encontramos igualmente recursos con esta misma filosofía: reposapiés que aportan comodidad a la vez que dificultan la incorporación, bandejas que sirven de superficie de actividades y que al mismo tiempo contienen el movimiento, o sillones reclinables diseñados para largas permanencias del usuario en ellos, con elementos como reposacabezas ajustable, soporte lumbar, apoyabrazos abatibles, y que permiten tanto la alineación natural de la columna vertebral, como la posición elevada de las piernas para reducir la retención de líquidos. Proporcionan estabilidad y distribuyen la presión, ayudando a prevenir las UPP.
Más allá de los dispositivos, el acompañamiento y la atención personalizada son fundamentales para reducir el uso de contenciones. Actividades significativas, paseos controlados, cambios de entorno o terapias como la estimulación multisensorial Snoezelen pueden disminuir la agitación y favorecer el bienestar sin necesidad de recurrir a medidas restrictivas. La clave está en conocer al usuario, atender sus necesidades y aplicar intervenciones preventivas que minimicen los riesgos.
En definitiva, el uso de contenciones es un tema complejo que debe valorarse en función de cada situación concreta. Hay momentos en los que su aplicación puede tener sentido como herramienta de seguridad, ya sea para evitar una caída, proteger al propio paciente o reducir un riesgo inmediato para el entorno. En otros casos, será preferible optar por alternativas que promuevan la movilidad, la autonomía y el confort. Lo importante es que la decisión siempre se tome con criterio profesional, teniendo en cuenta la necesidad real del momento y las directrices del centro, con el objetivo de proteger y cuidar a la persona de la mejor manera posible.
Marc Rovira
Fisioterapeuta col. nº 16289
Especialista en ayudas técnicas y movilización
marc.rovira@karinter.com
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